
EL AUTOR
El autor de La Resurrección de don Ramiro nació en París y, al poco tiempo, lo llevaron volando a Compostela, aunque no lo hizo una cigüeña. El único recuerdo que se llevó de Francia fue una extraña forma de pronunciar las erres. Durante su adolescencia, se encaprichó con Baudelaire y compuso algunos poemas que se parecían demasiado a los suyos por lo que nadie consideró necesario publicarlos. Después llegó Kafka y pasó a contar historias sin principio ni final motivo por el cual ni él mismo las entendía. Por aquella época empezó a trabajar de camarero en una taberna del barrio de Sar para cubrir la ausencia del hijo de los viejos dueños, que fue llamado a cumplir el servicio militar obligatorio existente por entonces. Fueron dieciocho meses en compañía de bebedores profesionales que cada mañana, cada tarde y cada noche contaban los mismos cuentos de forma diferente. Cuando el servidor de la patria regresó, el viejo le plantó cinco duros en la palma de la mano y le dijo: toma, neno, no lo gastes en vino. La vieja le echó una mirada del través y volvió al cuchitril en el que cocía los callos todos los jueves del año. Norberto le cogió gusto al oficio de camarero y recorrió bares y tabernas hasta que le ofrecieron mejor salario en el sector de la construcción. Enseguida aprendió el oficio de encofrador gracias a un hombre afable que carecía de otra pretensión que levantarse cada mañana y acostarse cada noche. Llegó la crisis (siempre llega) y Norberto se fue al paro. Al principio, cobraba el subsidio y recobró el ánimo para escribir. Por entonces descubrió a Cunqueiro. Sus páginas se poblaron de tipos muy raros, ciertamente, tan raros que le parecieron inhumanos. Cuando dejaron de pagarle el subsidio (al parecer, ya no tenía derecho) la cosa se complicó. Buscó trabajo, pero nadie quería construir edificios. Volvióí a las viejas tabernas, pero las encontró transformadas en restaurantes de postín a cuenta de subvenciones, préstamos sin intereses y aportaciones a fondo perdido facilitadas por un viejo visionario que veía el futuro vestido con chancletas y bermudas. Él no se veía como camarero con pajarita y, además, los viejos borrachos filósofos habían muerto hacía tiempo. Desde entonces, Norberto vive a salto de mata.
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